Voces de un lugar imposible
Este Blog ha sido creado con la finalidad de compartir una experiencia y un trabajo de investigación que ha sido publicado en el año 2011 en la Universidad Central de Venezuela.
El presente proyecto tiene como origen la situación extrema de inseguridad en Caracas, Venezuela. La cual actualmente es una de las ciudades más peligrosas del mundo. El proyecto combina elementos de la psicología clínica y la fotografía con la finalidad de comprender la construcción de significados alrededor de la violencia por los protagonistas de la misma: Los jóvenes malandros Venezolanos. Para ello contacté a una banda de 7 muchachos en el barrio La Dolorita y trabajé con ellos por un año. Recogí entrevistas y fotografías tomadas por ellos. A su vez registré cada visita y experiencia. Surgieron muchos problemas en ese año, al punto de entender que mi vida estaba en riesgo si seguía asistiendo diariamente al barrio. Al final la mayor sorpresa fue observar cómo el cambio social fue posible a través del discurso inspirado por sus fotografías. Este proyecto busca darle voz a estos jóvenes, ser crítica de la situación actual del país y propone métodos para enfrentar la violencia.


Consta de una serie de crónicas y fotografías, artículos de profesores comentaristas y un análisis psicoanalítico del discurso de los participantes. Si se desea consultar material de entrevistas y análisis de datos, la publicación se encuentra en la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela.
  • En un banquito con Wilmes


    Lunes 7 de febrero de 2011. 11:30 am.

    Hoy decidí subir sola, a ver qué pasaba. El resultado: nada. Llegué a El terminal y en la puerta azul estaba Virgilio, con una franela sin mangas y sudado de jugar futbolito en la calle. “Te los retuve aquí, ya se iban a ir, sobre todo Wilmes”, me dice orgulloso. “¡Qué pasó, Wilmes!”, le grito emocionada, con un intento fallido de malandreo. “¿Qué tal, reina, lista para la acción?”, me dice con los ojos enrojecidos y con una botella de ron en la mano. Los tres nos fuimos al patio central del liceo, que funciona como estacionamiento: una planicie interminable en donde cualquier cosa puede pasar. Ellos lo llaman El Terminal.

    “Bueno, antes de darte la cámara me gustaría hacerte una entrevista, que conversemos un rato acerca de tu vida y sus diferentes aspectos. ¿Te parece si nos sentamos por allá?”, le digo señalando unos banquitos que estaban junto a un mural del liceo. Wilmes alzó los hombros de manera indiferente. Al acercarnos al banquito veo que el mural tiene agujeros en donde habitan unas dos ratas. Eso fue lo que alcancé a observar antes de que se me erizara la piel, pero era demasiado arriesgado, sobre todo por el “rapport” que debía crear con el entrevistado, que me pusiera a cambiar de lugar o a quejarme de que había dos ratas en el muro que servía de espaldar del banquito. Decidí hacer un breve comentario, ver qué hacía Wilmes y así yo lo imitaría.

    “Oye, creo que vi unas ratas por ahí”, le dije frunciendo el seño e indicándole el lugar en donde las había visto. “Bah, esas son unas cobardes, uno se sienta y se esconden”, dijo sentándose cómodamente. “Bueno”, dije y me senté aparentando tranquilidad. “Como te decía, antes de darte la cámara, me gustaría saber un poco de ti, de tu vida y sus diferentes aspectos. Por ejemplo, tú sabes que uno es diferente en su casa y en la calle. También quiero saber si estudias, las cosas que te gustan hacer, etc”. Él me miró pensativo directamente a los ojos y comenzó a hablar. Encendí la grabadora.

                      Wilmes tiene 21 años, es de tez blanca, alto y delgado. Tiene el cabello decolorado y los ojos verde claro. Para el momento de la entrevista había consumido alcohol y tenía los ojos enrojecidos, pero su manera de explicar y narrar aspectos de su vida, su particular forma de utilizar metáforas y de acceder a la profundidad desde lo sencillo me hizo darme cuenta de que para él, el alcohol no era mayor problema.

                      La entrevista duró unos cincuenta minutos que pasaron velozmente, aunque nunca dejé de sentir a las ratas moverse dentro de la pared en donde estaba recostada. Wilmes hablaba mucho y sus expresiones cambiaban radicalmente, a veces sus ojos se enrojecían más de la cuenta y parecían tener un brillo que inspiraba temor. Otras veces, con otros temas, sus ojos se entristecían y miraban profundamente a la nada, haciendo de su relato más que una conversación una experiencia teatral. Wilmes me fue llevando con su lenguaje y sus maneras, a su mundo interior.

                      Cuando nos levantamos del banquito, me dijo: “Es mejor que se vayan yendo, hoy es lunes de fiesta y seguro se arma una buena”. Le hice caso y apagué la grabadora.